Internet en Cuba

El control de los medios, sostén del castrismo
ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles | 2 de Abril de 2017 – 09:56 CEST.

Los orígenes de lo que hoy se conoce como prensa y su papel de veedora
de la realidad cotidiana son antiquísimos. Ya hace dos mil años, en la
Roma imperial, las cartas de Plinio el Joven fueron un antecedente
ancestral del periodismo, pues sirvieron como crónicas que permitieron
conocer detalles de la vida romana, así como de la erupción del Vesubio
que sepultó a Pompeya.

Fue luego de que Gutenberg en el siglo XV revolucionara al mundo con la
imprenta que la prensa escrita hizo propiamente su aparición, con las
hojas volantes impresas que describían la vida urbana, rumores,
curiosidades, y daban noticias. En América la primera hoja volante se
vendió en la Nueva España en 1542, y relataba un terremoto ocurrido en
Guatemala. En el siglo siguiente en Europa ya surgieron los periódicos
impresos.

Saltando en el tiempo y aterrizando hoy mismo en nuestra Isla, tenemos
que los medios de comunicación, monopolizados por el Estado, nada tienen
que ver con Plinio el Joven o Gutenberg. Los medios en Cuba no informan,
desinforman deliberadamente para tener amarrado cortico al obediente
hombre-masa que demanda todo sistema comunista, o fascista.

El monopolio estatal de los medios de comunicación y la asfixia del
periodismo alternativo independiente impiden que los cubanos conozcan su
propio país, la mafia político-militar que lo dirige y las causas del
cataclismo económico social sufrido. Es simple, la política del Estado
no es de la incumbencia de los ciudadanos. Los dirigentes políticos no
están al servicio del pueblo soberano, sino el soberano al servicio de
un puñado de privilegiados.

Esa “verdad absoluta” oficial (que Marx afirmaba que no existía)
establecida por el monopolio mediático convirtió a los medios de la Isla
en uno de los tres grandes pilares del castrismo, junto con los
subsidios extranjeros y el colosal aparato de represión.

Hubo quizás un cuarto sostén en los primeros años de la “revolución”: el
papel de Fidel Castro como gran manipulador, con su encendido verbo
hipnotizador. ¿Se imagina alguien hoy que Raúl Castro, Juan Almeida,
Ramiro Valdés o Machado Ventura, con sus pobres y aburridos discursos
escritos por otros, habrían podido engañar a todo un pueblo, y al mundo,
como lo hizo Fidel?

Pero ese factor persuasivo fidelista desapareció hace mucho tiempo.
Algunos también alegan que el embargo de EEUU, convoyado con la
“amenaza” de una invasión norteamericana, pudo haber funcionado unos
pocos años como factor movilizador. Pero igualmente hace décadas que los
cubanos no se tragan semejante patraña.

La “coletilla revolucionaria”

Incumpliendo su promesa desde la Sierra Maestra de que al triunfo de la
revolución se iba a restablecer la libertad de prensa y de opinión,
Fidel lo que hizo fue instaurar un novedoso sistema de censura: la
“coletilla revolucionaria”.

En diciembre de 1959 ordenó que al final de los artículos periodísticos
que criticaran al Gobierno revolucionario publicados en los medios
privados se pusiera una nota o “coletilla”, que siempre terminaba
diciendo que el artículo publicado o difundido por radio y TV “no se
ajusta a la verdad”.

Poco después Castro estatizó todos los medios de comunicación, en un
país que era por entonces el que tenía más periódicos, revistas y
aparatos de TV per cápita en Latinoamérica, por encima de muchos países
desarrollados.

El Comandante pasó a ser el propietario de los medios, incluyendo la TV,
de la cual hizo un uso político nunca antes visto. En televisión tomó
graves decisiones políticas, como la destitución del presidente Manuel
Urrutia, en julio de 1959.

Desde entonces los medios estatales no se basan en el principio martiano
de que la palabra es para decir verdad, sino en uno enunciado por el
filósofo norteamericano William James: “Solo es verdad lo que me es
útil”. Para la prensa castrista lo que es mentira pero conveniente para
la dictadura militar, es cierto. Y lo que es cierto, pero inconveniente,
es falso.

Y destaco aquí algo poco analizado por los académicos. Si bien Fidel
Castro actuó como un marxista-leninista al tomar el poder violentamente
(por las urnas jamás lo habría logrado), luego fue un fiel seguidor de
Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista de Italia.

Gramsci —más astuto y peligroso que Marx y Lenin— sostenía que para
implantar el comunismo y sostenerlo no era necesario una revolución
sangrienta como postulaba Marx, sino lograr el control de los medios de
comunicación, las escuelas y universidades, y acabar con la influencia
religiosa en la población.

Eso fue lo que hizo el joven dictador. Entre 1960 y 1961 estatizó los
medios, todo el sistema nacional de educación, y expulsó del país a los
sacerdotes y las monjas. Entonces lanzó la mayor operación de lavado de
cerebro realizada nunca en el Hemisferio Occidental. Desde diciembre de
1960 el dictador creó las Escuelas de Instrucción Revolucionaria (EIR),
a las que paulatinamente fueron enviados unos 700.000 ciudadanos a
recibir la ideología marxista-leninista.

No hay sitio para el individuo

La clave de todo aquí es que tanto en la teoría marxista como en la
fascista no hay sitio para el individuo. Este es suplantado por la
entelequia abstracta de “las masas” y “el pueblo”.

El partido único —comunista o fascista— se dedica al bombardeo
político-ideológico constante con el propósito de alienar al individuo y
convertirlo en un número estadístico que solo cuenta para formar una
dócil masa humana.

Como dice José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1930), el
“hombre-masa” es aquel “cuya vida carece de proyectos y va a la deriva…
y por eso no construye nada”. El hombre-masa pierde la capacidad para
evaluar críticamente la realidad en que vive. Delega el ejercicio de
pensar en sus líderes, “que sí saben lo que hay que hacer y decidir”.

El mariscal Hermann Goering, segundo hombre en la jerarquía nazi, en el
juicio de Nuremberg, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, dijo que
“Con voz o sin ella, al pueblo siempre se le puede llevar hasta el punto
que sus dirigentes quieran. Eso es fácil”.

La historia revela que efectivamente es fácil. Un líder carismático, de
verborrea grandilocuente, enervante y “convincente”, es seguido por las
mayorías aunque esté equivocado. En Cuba resultó clave el papel personal
de Castro, un hábil orador de gran capacidad histriónica para dramatizar
en sus discursos.

Antes lo hicieron sus admirados Benito Mussolini y Adolf Hitler, algunos
de cuyos discursos Fidel se sabía casi de memoria, según narrara José
Ignacio Rasco, su colega en el Colegio de Belén y en la Universidad de
La Habana.

La lamentable historia de líderes populistas nacionalistas en América
Latina, tipo Juan Domingo Perón o Hugo Chávez y tantos otros, es harto
elocuente.

Por eso el concepto del “hombre nuevo”, primero el de Hitler —que fue
robado al filósofo Nietzsche— y luego el del “Che” Guevara, a su vez
sustraído a los nazis, es la pretensión de convertir a los ciudadanos en
los animalitos ignorantes y obedientes de la granja de George Orwell.

Sin embargo, para satisfacción de todos los cubanos, gracias a internet,
la vertiginosa tecnología en las comunicaciones, y al coraje creciente
de tantos cubanos en la Isla que ejercen la profesión periodística de
manera independiente pese a la brutal represión de la dictadura, hoy los
medios estatales del régimen tienen competencia.

Hoy, gústele o no a la élite político-militar del régimen, a los medios
en Cuba hay que subdividirlos en prensa oficial y prensa independiente.
Enorme logro ese. Y es solo el comienzo. Más sobre el tema en otro artículo.

Source: El control de los medios, sostén del castrismo | Diario de Cuba
www.diariodecuba.com/cuba/1486068115_28637.html

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