Internet en Cuba

Las revoluciones y lo democrático
REGINA COYULA, La Habana | Mayo 19, 2016

Se observa un hombre que siempre habla de patriotismo, y para quien
nadie es patriota,o solamente lo son los de cierta clase, o cierto
partido. Recelemos de él, pues nadie afecta más fidelidad, ni habla más
contra los robos que los ladrones

Félix Varela (en El Habanero, 1824)

Mirar la superficie tranquila de la sociedad cubana ofrece una engañosa
impresión. El inmovilismo solo se localiza en el Gobierno y el Partido;
y ni siquiera allí es muy fiable. No es de dudar que muchos militantes
participaron y observaron el VII congreso del Partido Comunista de Cuba
(PCC) con la esperanza de cambios y, visto el rumbo de la mesa
presidencial, disciplinadamente (y resignadamente, por qué no), votaron
una vez más en unanimidad.

Fuera de ese contexto, donde se dice una cosa pero se puede estar
pensando otra, existe ahora mismo un debate muy interesante en el que
todas las partes creen tener la razón. Los conceptos más utilizados para
defender las tesis opuestas pueden abarcarse en las percepciones de
revolución y democracia, que cada quien conceptualiza según su línea de
pensamiento.

Hay generalidades que son inmanentes a un concepto en sí. En el caso del
concepto de revolución, se trata de un cambio drástico dentro de un
contexto histórico para romper con un estado de cosas generalmente
injusto. Aunque se trata de un proyecto colectivo, las revoluciones no
siempre cuentan con un apoyo masivo; no es hasta su resolución que la
gran mayoría de los ciudadanos se incorporan.

Dicho esto, desde las posiciones oficialistas se sigue hablando de la
revolución que derrocó a la tiranía de Batista e inició profundas
transformaciones en Cuba como un hecho en continuidad. Ese grupo se cree
aun dentro del marasmo revolucionario, pero, ¿acaso puede un país vivir
en revolución permanente? Una consecuencia inmediata de la revolución
social es el caos; todo es cambiante, y una nación luego de vivir un
proceso revolucionario necesita estabilidad para volver a la senda del
progreso, aspiración natural de la sociedad y del individuo. La
revolución de 1959 se convirtió en gobierno hace muchos años y sus
jóvenes líderes hoy son ancianos que en el largo tiempo en el poder
aseguraron mecanismos para el control del país. Puede haber nostalgia
por no haber estado allí o puede que sea cómoda la idea de que cometer
errores y aplicar malas políticas se justifica como un efecto propio del
momento revolucionario.

Es aquí donde interviene la democracia. Sea del tipo que sea, debe
caracterizarse porque las decisiones populares sean efectivas;
directamente o a través de los mandatarios electos por voto. Y también
dialécticas. No puede insistirse en seguir con la ropa infantil cuando
se es adulto. Es también ampliamente aceptado el concepto de Norberto
Bobbio, que sin derechos humanos reconocidos y protegidos no puede
existir una verdadera democracia, y que cuando seamos ciudadanos del
mundo y no de un Estado, estaremos más cerca de la paz.

No vivimos en un país democrático por mucho que se quiera minimizar la
falta de libertades por culpa del “bloqueo”, “la amenaza imperialista” y
novedades como “matriz de opinión” o “guerra mediática”. Porque la
democracia es una sombrilla que debe proteger también a las minorías de
todo signo. Vestigios de marxismo-leninismo en esta marcha a trompicones
hacia un capitalismo sin democracia, vemos en la versión libre de la
idea encerrada en este inquietante párrafo de una carta de Engels a
August Bebel que pretenden aplicar desde el poder a quienes lo adversan:
mientras el proletariado necesite todavía del Estado, no lo necesitará
en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan
pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de
existir.

¿Dónde quedan los derechos de las minorías? ¿Cómo saber si son minorías
reales? Hasta ahora ha sido asunto de confianza dar por cierto el apoyo
de la ciudadanía al Gobierno, pero llama la atención lo suspicaz que se
torna ese Gobierno cuando se le pide transparencia.

De las polémicas que viajan de sitios de internet y de reuniones
cerradas a los correos electrónicos y a los corros de interesados y de
ahí al clásico rumor de calle, queda claro que se hace imperativo
ampliar ese debate. El patriotismo no es monopolio estatal ni se refleja
solo hablando de historia y honrando símbolos; mucho menos en el culto a
la personalidad, que dicho de paso, este año promete cotas norcoreánicas.

Una de las ideas que se maneja en este debate es el peligro que entrañan
las “transiciones no revolucionarias en nombre de la democracia”, pero
sí sabemos que esa preocupación la tienen los defensores a ultranza de
este modelo que con terquedad insisten en llamar socialista, los que se
sitúan en el antimperialismo de “ni tantico así” y duermen tranquilos
sin buscar otros responsables al descalabro circundante; mi preocupación
como ciudadana es no tener democracia en nombre de la Revolución.

Source: Las revoluciones y lo democrático –
www.14ymedio.com/opinion/revoluciones-democratico_0_2001399843.html

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