Internet en Cuba

Jornadas de horror
[20-03-2015 18:04:27]
Aimée Cabrera
Corresponsal

(www.miscelaneasdecuba.net).- Desde hace 12 años, los meses de marzo y
abril traen a colación una de las efemérides más tristes para los
cubanos, estén o no opuestos al régimen, porque fueron muchos los que
estuvieron implicados, de una forma u otra, con la ola represiva que
comenzó el martes 18 de marzo.
En la sala de Internet de la Sección de Intereses de los Estados Unidos
de Norteamérica (SINA) estaba esa mañana el mismo grupo de usuarios,
para realizar su trabajo cotidiano. Casi todos subieron la Calle L en
busca de los ómnibus que los llevaban a sus casas o a otras gestiones.
La despedida en Calle 17 fue como siempre, entre risas y con la certeza
de volvernos a ver, pero eso no sucedió jamás.

Un colega y amigo llegó a mi casa en la tarde con una medicina natural y
otro obsequio. El televisor transmitía un programa de la Mesa Redonda
que nos denigraba, como era usual en aquellos tiempos, había cierta
tensión en el ambiente, aunque no podíamos pensar que la represión
llegara a tal extremo.

Un poco más tarde sonó el teléfono. Pensé que era la misma persona y,
cual no fue mi sorpresa al escuchar la voz de Nancy Alfaya. Más de
quince soldados se habían acabado de ir de su casa en Calle San José y
Belascoaín, la que compartía con su tía quien junto a ella sufrió el
hostigamiento que nunca tuvo compasión de su edad ni de su estado de
salud. Los registros fueron allí y en casa de su esposo Jorge Olivera en
Calle Merced.

A partir de ese momento comenzaron los registros en otras más de 70
casas y sus moradores dejaron de ser libres. La Mesa Redonda se hizo eco
de todo detalle, las voces de sus locutores sonaban triunfales. El miedo
pasó a convertirse en el horror que se expandió por toda la Isla.

A su vez, salieron héroes de la contienda, los mismos que se
caracterizaban por trazar una distancia invisible para no contaminarse
con los que éramos apátridas. Era como “ignorar” y marcar diferencias y
desuniones entre colegas, modo de actuar que siempre los ha
caracterizado pero que, durante períodos les confiere total impunidad y
reconocimiento dentro y fuera de Cuba.

La casa de Ricardo González, sede de todos los periodistas
independientes no fue excepción. Quienes trabajaban allí fueron
detenidos, de nada importó que hubiera mujeres. Era de esperarse ese
actuar descomedido. Ya en una ocasión en que íbamos a tener un taller
periodístico se hizo un despliegue militar con carros y soldados
desafiantes desde Calle Novena hasta Quinta Avenida.

Lo que vino después de los registros y detenciones no puede olvidarse.
Los que lo sufrieron no pueden poner punto final, hay que recordarlo
estén donde estén. Hay que escribir una vez más sobre una primavera de
luto para más de cincuenta familias decentes y para quienes sufrieron
desde lejos lo que podía haberles sucedido por solo ser comunicadores
que, con sus artículos, noticias y fotos mostraban lo que de verdad
vivía el pueblo acostumbrado a solo enterarse de una falsa realidad
impuesta y absurda que es la que aún solo puede ser descrita por los
que se deben a los cánones imperantes.

Quedan los testimonios. Uno es un libro a modo de folleto que recogió
los nombres, fotos y opiniones de las esposas de varios de los
condenados entre los que se destacaban periodistas, bibliotecarios y
miembros de la sociedad civil de conducta impecable que hacían un
trabajo donde predominaba la transparencia y el acercamiento a los
residentes en las comunidades que carecían de vías de leer un buen
libro, conocer las noticias internacionales o participar en actividades
que enriquecieran sus conocimientos.

Sus esposas, madres, hermanas e hijos lucían tristes en las fotos.
Todos, familias y encarcelados sufrieron el suplicio de que las
prisiones estuvieran en el extremo de sus lugares de residencia. No era
solo los largos viajes sino llegar a aquellos centros penitenciarios tan
alejados. Todo era traumático, todo dejó secuelas visibles e invisibles.

Las casas donde radicaban agencias de prensa dejaron de serlo. O sus
periodistas estaban encarcelados o los que no lo estaban no podían
llegar para informar el acontecer que se hacía por teléfono. Grabar un
programa o intentar comunicarse con Radio Martí o con proyectos como
Nueva Prensa Cubana (NPC) era casi imposible.

No obstante, se pudo divulgar qué sucedía en las prisiones con los 75 o
con otros fueran o no presos políticos. Para el gobierno eran todos
comunes. Ya habían sufrido la vergüenza de que sus juicios fueran
televisados como escarmiento. Es irónico que, los que desfalcan el
erario público y viven como millonarios sean enjuiciados y no aparezcan
sus fotos en los diarios, ni sus imágenes en los noticiarios, pero los
75 desafiaron a las autoridades, y para ellos no hubo piedad.

Las crónicas y noticias más espeluznantes se hicieron públicas. La
solidaridad mundial pudo al menos interceder para que casi todos
emigraran con sus familiares, en silencio fueron desterrados para evitar
despedidas y acercamientos de quienes los apreciaban.

De ello quedó un testimonio escrito que es un verdadero tesoro: “Juicios
A Opositores Pacíficos en Cuba Terrorismo de Estado” de Frank Hernández
Trujillo y Juan F. Benemelis y la obra traducida a varios idiomas de
quienes tenían una obra reconocida o se convirtieron, a partir de ese
momento, en escritores independientes.

Aún no ha finalizado la triste primavera cubana que mantiene en la calle
pero con la advertencia de que pueden volver a prisión a doce de
aquellos 75. Entre ellos, una mujer, Martha Beatriz Roque Cabello. Todos
con padecimientos adquiridos en prisión o acrecentados por las pésimas
condiciones que sufrieron. Aún no pueden viajar y regresar a su patria,
una forma más de quererlos desestabilizar.

Gracias a Dios el número 12 es uno de los principales números utilizados
en la historia de la humanidad. Un número que está aliado a temas como
los Apóstoles, los frutos del Espíritu Santo, las tribus de Israel, las
estrellas que las representan, las puertas de Jerusalén o los frutos
del Árbol de la Vida. No perdemos la fe en que puedan alcanzar todos los
derechos que les han sido privados.

Cada cubano, con el respeto a su patria y a sí mismo, debe contribuir
al cambio que necesitamos todos los que deseamos vivir, sin padecer los
atropellos que no están establecidos en la Declaración Universal de los
Derechos Humanos, de la cual Cuba es signataria.

Source: Jornadas de horror – Misceláneas de Cuba –
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/550c531b3a682e17f4eaa2b8#.VQ08Wo7F9HE

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