Internet en Cuba

El experimento de la esperanza
FRANCIS SÁNCHEZ | Ciego de Ávila | 15 Feb 2014 – 10:23 am.

La revista ‘Convivencia’ cumple cinco años. ¿Hasta qué punto la búsqueda
de una libertad espiritual y colectiva dentro de Cuba no ha sido siempre
un ensayo bajo control, condenado al fracaso?

El 15 de febrero del 2008, al subirse a internet el número 1
(enero-febrero), nació en Pinar del Río la revista Convivencia. Desde
entonces, cinco años han transcurrido de salida ininterrumpida con
frecuencia bimestral. La nueva publicación llamaba a habitar un
horizonte amplio y a la vez íntimo, democrático, grávido de
posibilidades y sin el flagelo de determinaciones excluyentes. “Un
umbral para la ciudadanía y la sociedad civil en Cuba”, como se titulaba
el editorial del primer número, se convertiría en el lema de la revista.

La entrada del nuevo proyecto alternativo dentro de la Casa Cuba,
pasando entre la homogeneidad y el impersonalismo de la prensa oficial,
traía un signo de esperanza o posible restauración de la diversidad,
desde la más occidental de las provincias cubanas, después que allí
había ocurrido en 2006 la jubilación del obispo José Siro González
Bacallao y su retiro a una finca en Mantua.

Deslumbramientos y decepciones se han sucedido, a veces
imperceptiblemente, pero conocer la diferencia entre unos y otros nos
ayuda a comprender y a esperar. Veamos. Sabido es cómo, durante la
década de los 90, se armó en Cuba una trama de publicaciones
pertenecientes a la Iglesia Católica —aunque de espíritu ecuménico,
socioculturales— que permitió que las comunidades intelectuales en
muchas provincias contasen por primera vez con un medio de expresión.
Conocí a Dagoberto Valdés en ese marco: fundábamos la Unión Católica de
Prensa de Cuba (UCLAP-Cuba) en noviembre de 1996, en la iglesia La
Merced de Camagüey.

Era pujante el nuevo movimiento revistero (Vitral en Pinar del Río,
Palabra Nueva en La Habana, Amanecer en Villa Clara, Enfoque en
Camagüey, Cocuyo en Holguín, Iglesia en Marcha en Santiago de Cuba, etc)
e independiente del control estatal, lo que influiría, como ha de
suponerse, para que el Estado respondiera articulando un sistema
nacional de casas editoras y revistas territoriales.

El empuje exclusivo de Vitral, su accionar, sus ediciones alternativas,
compulsó al Gobierno a potenciar el mundo de la cultura pinareña en
proporciones que de otro modo hubieran sido impensables. Así se
emplearon grandes sumas en proyectos como, por ejemplo, las hermosas
Ediciones Cauce y el centro Hermanos Loynaz. Elementos que, de conjunto,
al cabo se compensarían logrando allí una rica diversidad, para que esta
provincia destacase en el espectro cívico, cultural y editorial del país.

La revista Vitral, la Iglesia, Dagoberto Valdés y Pinar del Río fueron
puntos de referencia claves en una etapa de optimismo que quedó marcada
por la primera visita de un Papa a Cuba. Se vivieron entonces —antes,
durante y después del breve paso de Wojty?a, el Papa Peregrino— días de
iluminación. “No tengan miedo”, dijo en la misa en la plaza cívica José
Martí el 25 de enero de 1998, y en algún momento todos o muchos de los
allí presentes saltaban —saltábamos— coreando “Libertad, libertad”. O ya
no teníamos miedo, o solo no queríamos tener, efectivamente, más miedo.
Dos días antes, Juan Pablo II había sostenido el Encuentro con el Mundo
de la Cultura, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana.

Entre las pocas fotos que salieron de las que hice en aquel encuentro,
conservo una en que aparezco junto a Dagoberto Valdés, de pie, sobre un
ala del segundo piso. Él asistía en representación de Vitral, mientras
yo me hallaba en aquella aula como escritor joven que realizaba, junto
con otros, una revista similar: Imago, fundada en 1996 y perteneciente a
la diócesis de Ciego de Ávila.

La oportunidad del encuentro del mundo de la cultura y Juan Pablo II, ha
sido además el único día de mi vida en que he visto a un Fidel Castro de
carne y hueso, pues vestía extrañamente de cuello y corbata allá abajo,
en primera fila, para oír también al líder religioso, y, por cierto, me
pareció entonces muy enjuto, quizás por efecto de contraste con la
imagen que traía formada en mi mente. Creí hacerle algunas fotos desde
lejos con mi modesta cámara, pero esas no salieron.

¿Por qué atizar tales recuerdos para referirme al quinto aniversario de
la revista Convivencia? He vuelto a la mencionada foto, y a otra en la
que levanto una banderita cubana dentro de una plaza muy llena y con un
enorme Corazón de Jesús cubriendo la fachada de la Biblioteca Nacional.
Sin duda, se ensayaba o empezaba una nueva etapa del viejo y complicado
experimento que una y otra vez ha parecido fácil, aunque a la larga
muestra señales de error: el experimento de la esperanza. La esperanza
de libertad.

Cuba necesita abrirse a Cuba

¿Hasta qué punto la búsqueda de una libertad espiritual y colectiva no
ha sido siempre un ensayo bajo control, condenado al fracaso? ¿Quién
estimula nuestras reacciones y raciona nuestros actos? ¿Quién administra
el alcance social del resultado íntimo o verdadero?

Aparentemente se ensaya una y otra vez un retorno de Cuba al concierto
universal de la democracia, y lo triste es que, los que vivimos desde
abajo y adentro este ensayo, repitiéndolo, poniendo en cada gesto toda
la energía y perentoriedad de nuestra naturaleza mortal, a veces
sencillamente no podemos obtener ni dar respuestas.

La repercusión internacional de la primera visita de un Papa a la Isla
nos devolvió, con grandes subrayados, su solicitud de que Cuba se
abriera al mundo y el mundo se abriera a Cuba. Se exhortaba a la
convivencia entre hemisferios sin las grandes polaridades de la Guerra
Fría. Sin duda, lucía bien aquella invitación, pero tal llamado y la
estela de expectativas abiertas, aunque apuntasen a crear un punto de
giro en la tradición de rigideces, continuaban dando preeminencia al
problema del papel de una nación construida para un conflicto político
internacional.

Se seguía sobredimensionando un esquema representativo que ha sido
invalidante, agónico, para quienes lo vivimos desde adentro y abajo en
Cuba, esquema o guión favorito de los que disfrutan el poder —y algunos
que lo ambicionan—, donde esta historia contaría solo con dos actores
obligados a compartir una misma escena, supuestamente: Cuba y el mundo.
Historia enorme de amor-odio. Un libreto no para la libertad, sino
despersonalizador.

Ese supuesto, usado cual camisa de fuerza, ha servido para pretender
justificar el freno a las libertades y los derechos cívicos dentro de la
Isla. Se ha esgrimido para callar o invisibilizar a todos los demás
sujetos que llenamos lo que se nos quiere presentar solo como un gran
“escenario” internacional, mesa de laboratorio histórico, cuando no es
más que el espacio y el tiempo de la vida, como es la vida de cada ser
humano: inaplazable, irrepetible. Vidas o novelas únicas donde, o cada
cual es protagonista de sí mismo, o no ha sido nadie.

Ante la sospecha de que sufrimos experimentos artificiales, escenarios
mal construidos, tenemos los seres humanos un dilema metafísico que
redimensiona nuestra condición civil: abrirnos a nosotros mismos, ser,
vivir como somos conscientemente, luego solo será posible armar otras
figuras ontológicas y sociales fidedignas, abrirnos entre nosotros,
convivir. Cuba necesita abrirse a Cuba.

No por gusto los despotismos se han basado históricamente en un
gigantismo falso que pretende anular la fe en el libre arbitrio y la
naturaleza mortal, real, imperfecta pero infinitamente digna del ser
humano, desde las castas intocables, representantes del más allá, reyes
que se consideraban descendientes directos de dioses, hasta líderes y
grupos políticos que en la historia moderna se autoproclaman como
“vanguardia de la sociedad” o dicen encabezar a clases sociales
científicamente superiores.

Más repercusión tuvo dentro de mi pecho otra invitación de Juan Pablo II
realizada en aquella plaza gigante, donde por primera y única vez
—también seguramente la última— me he hallado entre una multitud, cuando
nos invitó a ser “protagonistas de nuestra historia personal y
nacional”. Palabras tomadas como por un anotador bajo una concha en un
viejo teatro, del fondo de nuestros corazones que estaban heridos, medio
borrados, echados a la basura, para ponerlas en nuestros oídos cuando el
cielo parecía más abierto.

Esta última cita de Juan Pablo II aparece coronando el primer editorial
de la revista Convivencia, donde también se lee una máxima programática
que devino quizás el eco necesario subiendo de la tierra, inevitable,
íntimo: “Creemos en la fuerza de lo pequeño”.

Una restauración del interior de Cuba

De alguna manera, a pesar de la mala calidad de los caminos dentro del
país, y todos los puentes rotos, siempre recibo la revista Convivencia.
Creo en este tejido interior, célula a célula. Es la misma motivación
ética —para mí en última instancia una elección activa siempre tendrá
una razón metafísica— por la que yo también me afano en hacer Árbol
Invertido, “revista literaria de tierra adentro”, sin más interés, pero
también sin menos ilusión que esto —palabra con que abre y cierra el
editorial “Tierradentrismo” del primer número de la II Época de Árbol
Invertido, correspondiente a enero-abril del año 2013—: ser.

Convivencia es. Palabra con poder de convocatoria muy profundo. No entra
en el juego de los paraísos artificiales para sustituir alguna vieja
utopía por otra supuestamente nueva o mejor en esa mala tradición de
idealismos con que se han querido adornar políticas sin fundamento y
espiritualmente insostenibles. Suena a futuro y está llena de realidad.
Suave pero resistente. Abierta. Abundante. Cambia. Fluye. Crece sobre sí
misma. Se ramifica. Abriga. Explora. Propositiva. Colma y pide. Llega y
parte. La convivencia como reto, una posibilidad, surge de la
condensación de experiencias vitales.

Convivencia se parece. Imperfecta. Imagina, refleja la imagen, la
metáfora de la Casa Cuba que ha hecho suya desde el identificador que
aparece en cada portada. Si una persona puede aceptarse a sí misma, o
mejor dicho, debe hacerlo, como ser plural, caja de resonancias,
pulsiones, defectos, recuerdos buenos y malos, no parece menos concreta
la alternativa de una sociedad civil que se base en la relación creativa
de personas diferentes. Se parece a la superación progresiva de esa
convivencia bajo un mismo techo, obligatoria y traumática, que hace
aumentar índices de divorcio, hacinamiento, intolerancia y otras
enfermedades contagiosas. Conflicto. Compañía. Compartir.

Desde su estructura, como “revista socio-cultural”, resulta un modelo de
edición inclusiva. Discurren por sus páginas el clamor o el rumor
popular, el cálculo, el canto del artista, la oración del creyente y el
discurso intelectual, entre infinidad de temas caros para las personas
naturales. La Casa de la revista Convivencia no se sostiene por los
clavos de unos cuantos dogmas, sino moviéndose sobre las crestas de las
olas, en un impulso espiritual, cuando se define como “de inspiración
cristiana”. Y creo que aquí, en su entrada a lo temblorosamente pequeño
en medio de la noche, en su aporte a la luz de la espiritualidad, pueden
palparse sus consecuencias más trascendentes.

No de otra restauración estamos necesitados quienes, dentro de una misma
residencia, sentimos que se nos acaban el tiempo y el espacio. Que nos
los quitan. Porque, en definitiva, sobre una “reacción espiritual”
duradera por parte de quien se sienta oprimido puede fundarse el mayor
desconocimiento a las instituciones del odio, no reconocer su supuesta
autoridad: no hacerlo con miedo, pero tampoco con más odio.

Uno de los testimonios gratificantes que he encontrado en Convivencia,
ha sido el de la doctora Hilda Molina. No la conocía hasta que leí este
relato de su vida, siendo revelador que una científica como ella
—fundadora de las escuelas cubana y latinoamericana de Restauración
Neurológica y del Centro Internacional de Restauración Neurológica—,
tras vivir de cerca los dogmas del ateísmo practicante y sufrir incluso
incontables problemas cuando decidió expresarse distinto, llegase a la
siguiente conclusión amorosa, ¿idealista?: “Sin embargo, cualquier
reconstrucción de índole material resultaría inútil, si no priorizamos
desde este preciso minuto, la reconstrucción espiritual de nuestro
afligido país, el rescate de sus almas expropiadas; y la resurrección de
su fe, y sus esperanzas”.[1]

Convivencia es y se parece a una casa demasiado ideal de tan real que
solo ha sido posible, para unos, como un milagro y, para otros, por
supuesto, un gran pecado. Está habitada y en construcción. Abre y
conecta vasos comunicantes. Va llenando un vacío más fuerte: la
esperanza en la restauración necesaria del “interior” de Cuba, las almas.

Cada vez que, desde el otro lado de los muros de La Habana y todos los
imponderables, un nuevo número de Convivencia llega ante mis ojos,
aspiro a revivir, a protagonizar una libre lectura del tiempo y el
espacio infinitamente pequeños que me ha tocado habitar, interiorizar.
Lectura edificante, personal, entrando en contacto con otras vivencias
no menos auténticas. ¿Puede pedirse más?

[1] Hilda Molina, “Retorno a Dios de la mano de un ángel”, Convivencia,
no. 7, enero-febrero, 2009, p. 40.

Source: El experimento de la esperanza | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cultura/1392408968_7153.html

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