Internet en Cuba

Con los Castro no hay lógica
ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles | 12 Feb 2014 – 4:21 am.

Resulta inútil acercarse a La Habana para comprometerla a hacer reformas
democráticas. No se harán.

A partir de la legitimidad que le dio al castrismo la cumbre de la CELAC
en La Habana, y de la decisión de la Unión Europea (UE) de ignorar la
violación de los derechos humanos y negociar un acuerdo de cooperación
con Cuba, los hermanos Castro andan de plácemes: ya no tienen presión
internacional para hacer cambios verdaderos. En la isla, “todo está bien”.

Los mandatarios latinoamericanos y europeos tal vez piensan que abrazar
a los Castro es una buena estrategia para “contagiarles” la democracia y
presionarlos para que flexibilicen el régimen. Craso error. Lo que
logran es envalentonar a la más prolongada tiranía en la historia de las
Américas.

La cúpula militar cubana ahora sabe que haga lo que haga no va a pagar
ningún precio político o diplomático. Tiene el visto bueno internacional
para no hacer cambios reales y seguir asfixiando las libertades
individuales más elementales. No hacen falta ya máscaras para hacer
creer que habrá reformas.

Si las democracias latinoamericanas hubiesen acudido a Santiago de Chile
a fines de los años 80 a dar un espaldarazo continental a la dictadura
de Augusto Pinochet porque éste había moderado los asesinatos y las
desapariciones, y algunos exiliados estaban regresando al país, el
general golpista no habría convocado el plebiscito (que él pensaba
ganar) que puso fin a su tiranía de 17 años. De haberse conformado los
presidentes latinoamericanos, la OEA, la ONU y la UE con aquellos
“cambios positivos”, Pinochet posiblemente habría seguido siendo
dictador hasta su muerte en 2006.

¿Por qué los gobiernos de Latinoamérica, y también los europeos, incluso
los de derecha, se niegan a apoyar al pueblo cubano y convalidan la
dictadura?

Puede haber muchas respuestas para estas interrogantes, pero a mi modo
de ver, además del interés en hacer negocios en la Isla, hay tres que,
combinadas, dan en el clavo: 1) a Cuba se le aplica una lógica política
y diplomática que corresponde a un país normal, sin serlo; 2) es el
pensamiento de Gramsci y no el de Marx, Mao, o el Che Guevara, el que
marca la pauta de la izquierda radical en la región; y 3) buena parte de
la clase política latinoamericana está “actualizando” el viejo populismo
de la primera mitad del siglo XX.

El ‘beso de Judas’ no funciona

Cuba no es un país normal. Está al margen de toda lógica política. Es un
país comunista ortodoxo y encima padece una autocracia dinástica que
considera una “traición a la revolución” ceder un ápice en el control
absoluto que tiene de la sociedad. Con los Castro no hay diálogo
posible. Nunca han concedido nada. Siempre hay que ceder ante ellos, y
mucho.

Por eso, con el gobierno cubano no funciona el bíblico “beso de Judas”.
Resulta inútil acercarse al dictador y mimarlo para comprometerlo a que
haga reformas. No las hará.

Más a la izquierda

Hay otro factor fundamental. Antonio Gramsci, fundador del Partido
Comunista de Italia, quien ideológicamente era más peligroso que Marx,
en los años 30 del siglo pasado sostenía que la única vía realmente
viable para llegar al socialismo no era la revolución violenta como
propugnaba Lenin, sino ir arrebatándole paulatinamente a la burguesía la
hegemonía cultural y mediática mediante la creación de lo que llamó una
“fuerza contra-hegemónica”.

Para Gramsci no era necesario jugarse la vida en insurrecciones armadas
para tomar el poder del Estado, sino lograr el control ideológico de las
escuelas, las universidades y sobre todo de los medios de comunicación.
O sea, él proponía una verdadera guerra cultural desde abajo, subrepticia.

Eso en buena medida está sucediendo hoy en Latinoamérica, y también en
Estados Unidos y Europa (no tanto en Asia y África). Ello explica la
paradoja de que pese al derrumbe del “socialismo real” en el Viejo
Continente y su desmantelamiento gradual en China y Vietnam, los
socialistas tienen ahora más influencia política que durante la guerra fría.

La sovietización de la sociedad ya no es una opción válida, y la
izquierda democrática —que cree en el libre mercado— predomina sobre la
“revolucionaria”. Pero también es cierto que las universidades, los
centros de investigación de las ciencias sociales, la historia y la
política, así como los medios de comunicación, cuentan cada vez más con
personas que se definen a sí mismas como “anticapitalistas”. Actúan como
comunistas y no lo saben. Otros lo saben, pero no lo admiten.

Hoy muchos profesores, académicos, artistas, intelectuales, periodistas,
editores de medios de comunicación, que tienen una cosmovisión de la
realidad social, económica y política mucho más a la izquierda que hace
tres o cuatro décadas.

La guerra cultural que propugnaba Gramsci se observa incluso en EEUU,
donde a los izquierdistas radicales erróneamente se les considera como
“liberales” cuando en realidad son la antípoda del liberalismo. Son lo
opuesto a Thomas Jefferson, Thomas Paine y demás fundadores del
pensamiento liberal estadounidense.

El liberalismo reivindica las libertades individuales y aboga por poner
límites al Estado y subordinarlo a la autonomía de la persona, mientras
que los mal llamados “liberales” promueven la intervención del Estado en
el ámbito económico y social. Al respecto, dijo Jefferson: “Cuando el
pueblo teme al Gobierno, hay tiranía; cuando el Gobierno teme al pueblo,
hay libertad”.

Fuerza electoral

En todo Occidente se advierte una influencia creciente de la izquierda
en la TV, la prensa escrita, las revistas, el cine, la radio, la
internet, etc. Por otra parte, se trata de un segmento social
politizado, muy activo en los partidos políticos, los sindicatos, las
organizaciones no gubernamentales (ONG), y lo más importante: acude a
las urnas a votar.

En los porcentajes de abstención que hay en los procesos electorales
latinoamericanos no abundan los izquierdistas, que sí votan, eligen
candidatos, y por tanto constituyen hoy una gran fuerza electoral que
todo político está obligado a cortejar, en cualquier país.

Esa fuerza política es la que ha llevado al poder a la mayoría de los
actuales jefes de Estado en América Latina. Pero en varios países son
ellos los responsable del renacimiento del populismo nacionalista y
estatista, con su carga de controles gubernamentales y restricciones de
todo tipo. Fueron los gobiernos populistas estatistas, al estilo del de
Juan Domingo Perón en Argentina, o del Estado Novo de Getulio Vargas en
Brasil, los que retardaron el desarrollo económico latinoamericano en el
siglo pasado.

La CELAC fue un invento chavista-castrista para enfrentarse
políticamente a Estados Unidos, dinamitar a la OEA, regresar al
keynesianismo y el estatismo, e instalar a la dictadura cubana de igual
a igual en el concierto de naciones democráticas de América Latina.

Lamentablemente, los gobernantes no asociados al eje populista del ALBA
—o a los simpatizantes suyos como los de Argentina, Brasil y Uruguay—
también están bailando con la música que tocan en Caracas y en La Habana.

Sea por no enajenar los votos de la izquierda en sus respectivos países,
o por creer que a Cuba se le pueden aplicar las mismas reglas de
decencia política que a los países con estadistas elegidos en las urnas,
definitivamente a los gobernantes latinoamericanos les importa un comino
la larga tragedia cubana.

Y que lo aprendan de una vez: con los Castro no hay lógica que valga.

Source: Con los Castro no hay lógica | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1392175270_7110.html

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