Internet en Cuba

Cuba ante un mundo cambiante

Cómo se inserta Cuba en el nuevo mapa geopolítico, especialmente tras el
ascenso de Barack Obama a la presidencia norteamericana y la
reconfiguración de América Latina.

Eusebio Mujal León

Inamovible e inmutable son palabras que a menudo vienen a la mente
cuando se habla de Cuba y su Revolución. Después de 50 años, tras diez
presidentes norteamericanos (la decimoprimera Administración con Barack
Obama acaba de comenzar) y del colapso de la Unión Soviética, la
Revolución se muestra inquebrantable. Como para confirmarlo, ahí estaba
Raúl Castro el primero de enero de 2009 celebrando el quincuagésimo
aniversario, prometiendo que la Revolución resistiría 50 años más.

Pero inamovible e inmutable son adjetivos que describen solamente a los
monumentos, no a proyectos humanos ni a procesos políticos. Sí, la
Revolución o, más exactamente, las elites que llegaron al poder en 1959,
todavía gobiernan, pero la Cuba de 2009 ya no es la de 1989, ni la de
1959. La caída del Muro de Berlín y la posterior desintegración de la
Unión Soviética provocaron un maremoto que transformó a la Revolución y
a Cuba. El fin de los subsidios soviéticos trajo consigo la caída del
35-40 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) y marcó el comienzo
del llamado Período Especial en Tiempos de Paz. Este cataclismo marcó el
punto final del experimento autárquico cubano y obligó al régimen a
embarcarse en un proceso lento, irregular y todavía incompleto, que dejó
atrás las pretensiones de erigir una sociedad comunista y se encaminó
hacia la restauración del capitalismo y la reintegración en la economía
mundial de la mano de empresas multinacionales y bajo la tutela del
Estado y del liderazgo de una tecnocracia militar protocapitalista (1).
Acompañados por la dolarización, estos cambios han generado incipientes
clases sociales, severas desigualdades sociales y regionales, han
propiciado fuertes flujos de población dentro y hacia fuera de la Isla,
y han debilitado significativamente los logros sociales de la
Revolución, especialmente en la educación y la salud pública.

Los años 90 también estuvieron marcados por el inicio de una transición
generacional dentro de la cúpula de poder. Tanto Fidel como Raúl Castro
impulsaron la incorporación de nuevas generaciones a las más altas
instancias del Partido Comunista (PCC) y de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias (FAR). Allí coexistieron en aparente armonía veteranos
de la Sierra y jóvenes dirigentes, los más significativos de ellos
egresados del Equipo de Coordinación y Apoyo al Comandante en Jefe. Por
fin, en noviembre de 2005, el propio Fidel Castro planteó directamente
el tema de su mortalidad e insistió en que la supervivencia de su
Revolución dependería de las jóvenes generaciones. A escasos seis meses
de este discurso, a finales de julio de 2006, un Fidel Castro gravemente
enfermo cedió el poder a su hermano menor.

La sucesión se produjo dentro de un marco de gran estabilidad, pero no
cabe duda de que los cambios no han hecho más que comenzar. A sus 77
años, Raúl Castro es una figura transitoria cuyo destino es presidir el
fin del castrismo y abrirle paso a una nueva época. Su desafío está en
poner la casa en orden para el día en que tanto su hermano como él hayan
desaparecido. Para conseguirlo, Raúl necesita revitalizar una economía
moribunda donde la mano muerta del Estado y la correspondiente falta de
incentivos a la producción han provocado una severa y permanente crisis.
Con aparente voluntad de enfrentar esos problemas, en su discurso del 26
de julio de 2007, Raúl anunció que iba a introducir "cambios
estructurales y de concepto" respecto a la economía. Efectivamente, se
han producido algunos cambios durante los últimos dos años, pero estos
han sido tibios y distan mucho de ser estructurales. Desde mediados de
2008, y probablemente por variadas razones —desde los huracanes que
azotaron la Isla en agosto y septiembre de 2008, hasta posibles
discrepancias dentro de la cúpula gobernante—, ha habido una notable
desaceleración en el ritmo de las reformas. Esto no ha impedido la
progresiva consolidación de Raúl Castro en el poder, ni la incorporación
de sus más cercanos colaboradores dentro de las FAR y de los veteranos
de la Sierra a la cúpula del Consejo de Estado y del Buró Político. En
este proceso, han perdido espacio político tanto los "tecnócratas" como
los "talibanes". La destitución de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque ha
cortado el paso a representantes de las nuevas generaciones que se
perfilaban dentro y fuera del país como sucesores potenciales. Estos
cambios de personal y el paralelo reforzamiento de los veteranos
confirman la progresiva consolidación de Raúl y auguran un VI Congreso
del PCC (convocado para finales de este año) carente de sorpresas. Este
reforzamiento de Raúl también se puede entender en clave de política
exterior, como un golpe de timón previo al posible inicio de
negociaciones con la nueva Administración de Barack Obama. Los cambios
indican que Raúl refuerza su posición, pero, al mismo tiempo, confirman
la transitoriedad de su liderazgo, cuya delicada tarea es presidir el
final de la era castrista en Cuba.

Así pues, lejos de inamovible e inmutable, la sociedad y la política
cubana llevan tiempo dando pruebas de efervescencia y potencial de
cambio. Se está gestando un nuevo régimen en Cuba. Lo que no sabemos es
cuál será el alcance de los cambios y cuáles serán las características
del nuevo régimen después de que los Castro (y la generación de la
Sierra) pasen a la Historia. En un trabajo anterior, he analizado
algunos de los factores internos que condicionan este cambio (2). Aquí,
sin embargo, me gustaría examinar por qué ha disminuido el aislamiento
internacional de Cuba y cuales son las perspectivas para un cambio en su
relación con EE.UU. después de la victoria de Barack Obama.

Comenzamos con una paradoja evidente. Cuba continúa siendo la única
dictadura ostensible de América Latina. Así fue mientras gobernó Fidel
Castro y, con algunos retoques y excepciones, continúa siéndolo con
Raúl. Ha habido algunos cambios, entre ellos, una mayor disposición por
parte de los medios de comunicación (especialmente Juventud Rebelde) de
informar sobre agudos problemas sociales y económicos, pero se mantiene
un régimen unipartidista con una extensa red de mecanismos de control
ejercidos por el Estado sobre la sociedad. En Cuba no existe ni libertad
de expresión, ni sistema judicial independiente, ni Estado de derecho;
la sociedad es débil y está desorganizada, y los disidentes son
presionados, reprimidos y/o encarcelados. La situación cubana contrasta
visiblemente con la de otros países de la región. En casi toda
Latinoamérica, incluso en aquellos países donde los movimientos
populistas de izquierda han asumido el poder, se está
dando un intenso
debate político, se producen manifestaciones y contramanifestaciones, y
la democracia, con todos sus problemas, vibra y se consolida. Sin
embargo, estando la Cuba autocrática en un mar de democracias, ¿cómo es
posible que esté menos aislada (política y económicamente) que en
cualquier momento desde 1959?

Diversos factores han contribuido a esta situación. El primero es el
agotamiento de la política norteamericana hacia Cuba y la perspectiva de
que ésta va a cambiar con la nueva Administración de Barack Obama.
Muchos analistas han atribuido el mantenimiento de una política de
hostigamiento al régimen cubano a la capacidad del exilio cubano, e
interpretan los posibles cambios fundamentalmente en función del
debilitamiento y/o evolución de este grupo. Evidentemente algo de eso
hay, pero sin menospreciar la evidente importancia de la Florida en los
cálculos electorales norteamericanos, existen otros factores de peso que
explican la continuidad de la política norteamericana hacia Cuba. En
primer lugar, es importante precisar que, a lo largo del tiempo, no ha
habido una sola política de EE.UU. hacia Cuba, sino varias y solapadas.
Aunque el objetivo central de esa política ha sido mermar el proyecto
revolucionario de Fidel Castro, siempre han coexistido diversas
estrategias y políticas al respecto. El propio embargo lo demuestra.
Nunca ha sido total y, aun hoy, justo al haber terminado la
Administración de George W. Bush, EE.UU. es el quinto socio comercial de
Cuba y, en el último año, empresas norteamericanas vendieron más de
US$700 millones en productos agrícolas a la Isla. El embargo ha tenido
un impacto real sobre Cuba, poniéndole muchas trabas al comercio e
impidiendo inversiones norteamericanas, a la vez que añade costos
adicionales de transporte al comercio cubano. Pero su existencia no
explica ni determina la falta de eficiencia y de productividad de la
economía cubana. La culpa radica en el modelo estatista y el
clientelismo que impera en Cuba. El conjunto político que se denomina
"embargo norteamericano" es producto de la interacción de diversos
grupos de presión y puntos de vista, algo muy propio de una sociedad
donde la política es producto de la transacción y la negociación. Para
algunos, el embargo ha sido un instrumento para provocar cambios
políticos en Cuba. Para otros, su objetivo ha sido más pasivo, la
contención del castrismo. Y para otros, el propósito del embargo ha sido
elevar el costo del proyecto revolucionario cubano —definido en su
momento por la encomienda del Che Guevara de "crear un, dos, tres,
muchos Vietnam"— a tal punto que no resultara atractivo para el resto
del Hemisferio ir por ese sendero. El embargo también ha sido un punto
de confluencia entre los que propugnan una política exterior "realista"
y otros que insisten en la importancia de ser solidarios con los que
luchan en pro de valores democráticos y derechos humanos. Con el fin de
la Guerra Fría, la importancia estratégica de Cuba disminuyó
significativamente y Cuba perdió mucha de su "peligrosidad". Ya no
representaba un modelo "realizable" para el resto de Latinoamérica, ni
tenía los apoyos para pretenderlo. Ni la guerrilla era relevante como
instrumento para llegar al poder, ni el Hombre Nuevo ni la realización
del comunismo representaban una esperanza de futuro. Las propias
políticas que el gobierno cubano introdujo para asegurar su
supervivencia (la reintroducción del capitalismo, la normalización de
sus relaciones exteriores, y su reintegración a la economía mundial) no
hicieron más que confirmar el cambio de situación. Pero aquí reside la
otra cara de la moneda. Si bien Cuba tuvo que asumir las consecuencias
de su error al atar su destino al comunismo y a la URSS, ese desacierto
no logró desbancar a la cúpula dirigente. Bajo estas circunstancias, no
le ha sido fácil a sucesivos gobiernos norteamericanos convencer a sus
aliados y amigos de que una estrategia de aislamiento y presión externa
fuera la mejor opción para lograr una apertura en Cuba. A estas
consideraciones se debería agregar que la influencia norteamericana en
muchas partes del mundo (incluyendo Latinoamérica) se ha visto reducida
en los últimos años, no solamente, ni quizás primordialmente, por un
incremento del antiamericanismo, sino porque el mundo que ha surgido es
mucho más multipolar y globalizado.

El segundo factor reside en la disminuida importancia de la Unión
Europea (UE) como actor de peso en el tema cubano. Estados Unidos y la
UE siempre tuvieron documentadas diferencias respecto a Cuba, pero nunca
se consideró fuera de lo posible que al final los aliados
transatlánticos lograran alguna fórmula de coordinación y colaboración,
una especie de distribución de tareas entre policía malo y policía bueno
en su política hacia La Habana. El cenit del compromiso y la influencia
de Europa respecto a Cuba probablemente ocurrió a mediados de los 90,
cuando el gobierno de Felipe González intentó convencer a Fidel Castro
de que, ante la debacle económica provocada por la desintegración de la
Unión Soviética, debería realizar profundas reformas económicas y
políticas. Las distintas visitas de Carlos Solchaga y Manuel Marín no
tuvieron el deseado efecto y el ciclo de aproximación se cerró cuando el
líder cubano dio la orden de derribar los aviones de Hermanos al Rescate
en abril de 1996, hecho que coincidió con el arresto en La Habana de los
participantes en Concilio Cubano y la aprobación de la Ley Helms-Burton
poco después. Llegado este punto, tras haber superado lo peor de la
crisis, Castro se atrincheró de nuevo y desde entonces mostró poco
interés en lo que decían u opinaban España o la Unión Europea. Ya en
marzo-abril de 2003, rechazó de pleno la solicitud de clemencia del papa
Juan Pablo II para los tres hombres que habían secuestrado una
embarcación y fueron sentenciados a la pena de muerte, y se mantuvo
impasible frente a las críticas sobre los arrestos y las largas
sentencias dictadas contra los 75 disidentes y periodistas
independientes. En los últimos años se ha desarrollado la "Posición
Común" de la UE (3) , pero lo más notable es la falta de unidad que ésta
refleja. Con las palpables divisiones internas y con cada país haciendo
más bien lo que le conviene, no sorprende que la postura europea haya
tenido poco efecto sobre las autoridades cubanas.

Existe una tercera razón que explica por qué ha disminuido el
aislamiento internacional de Cuba. Ya hemos insistido respecto al
impacto de la mermada influencia norteamericana y la disminuida
capacidad de la Unión Europea. Estos factores han coincidido con el
surgimiento de un mundo mucho más multipolar (4). Este fenómeno es
palpable en América Latina, donde potencias extrarregionales y
regionales han elevado su perfil y profundizado sus vínculos con Cuba.

Hay tres actores extrarregionales —China, Rusia y, en menor grado, Irán—
que han pisado Latinoamérica en los últi
mos años. Quizás el menos
importante de ellos sea Irán. Su entrada en el hemisferio refleja la
verdad eterna del viejo adagio "el enemigo de mi enemigo es mi amigo". A
pesar de los obstáculos culturales y lingüísticos, Irán ha desarrollado
vínculos crecientemente estrechos con Venezuela y Cuba. Las relaciones
con La Habana se intensificaron después de la elección de Mahmoud
Ahmadineyad como presidente de Irán en 2005. A partir de esa fecha, Cuba
ha recibido más de US$1.000 millones en créditos iraníes y ha ampliado
su comercio con este país a más de US$300 millones en 2007. Los dos
países también han anunciado su intención de desarrollar un puente
marítimo que sirva de base para la ampliación del comercio. Dentro del
Movimiento de los No Alineados, cuya presidencia Cuba ostentó en 2007,
La Habana ha sido un fiel aliado de Irán, criticando fuertemente la
política norteamericana hacia ese país islámico y apoyando el derecho de
Irán a desarrollar "con fines pacíficos" su programa nuclear.

Como si intentara recuperar tiempos pasados, Rusia está de regreso. Las
visitas del presidente Dimitri Medvédev a Cuba, Venezuela y otros países
en noviembre de 2008, así como los acuerdos alcanzados con Venezuela en
materia de petróleo y armamento, demuestran su voluntad de restablecer
su posición. No quedan claros cuáles son los objetivos de los rusos en
su reentrada. Probablemente, no tienen ni la capacidad ni la voluntad de
convertirse en auténticos rivales de EE.UU. La vertiginosa caída de los
precios del petróleo y la crisis financiera mundial limitan su capacidad
de acción. También es probable que el Kremlin haya tenido una exagerada
percepción de cuánto molestaría a EE. UU. el envío de sus flotillas
navales y la realización de maniobras conjuntas con Venezuela en el
Caribe. Más probablemente, Rusia esté enfocando su retorno a
Latinoamérica y la renovación de su relación con Cuba (Raúl Castro
también visitó Moscú en enero de 2009 buscando créditos y la ampliación
del intercambio comercial) desde la perspectiva de una "gran potencia",
procurando un mayor equilibrio con EE.UU., para negociar tanto la
presencia del sistema antimisiles en Europa Oriental como los vínculos
de los norteamericanos con las antiguas repúblicas soviéticas. Cuba
apoyó a Rusia durante su breve conflicto con Georgia en agosto de 2008,
aunque no llegó tan lejos como Nicaragua, que reconoció diplomáticamente
a Osetia del Sur y a Abjasia. En todo caso, no deberíamos sorprendernos
si, en un futuro próximo, Cuba permite a los rusos que sus bombarderos
de largo alcance aterricen en la Isla, que reinstalen una nueva base de
vigilancia electrónica para captar las telecomunicaciones en EE.UU., o
que se concedan a Moscú importantes zonas de explotación de petróleo en
las costas cubanas.

China ha sido la potencia extrarregional de más peso que haya entrado en
América Latina en los últimos años, y su presencia ha desempeñado un
papel importante la reducción del aislamiento de Cuba. Ya es rutinario
subrayar el ascenso de China, uno de los motores de la economía mundial,
en la arena internacional. Su comercio exterior ha aumentado cien veces
desde 1978, hasta alcanzar US$55.780.825 millones entre enero y octubre
de 2008. Su fuerte nivel de integración en la economía mundial se
refleja en el hecho de que el comercio representa casi la mitad de su
PIB. China es la tercera economía del mundo (por encima de Alemania, y
por debajo de EE. UU. y Japón), el segundo exportador del mundo (sólo
superado por Alemania), y el tercer importador (tras EE. UU. y
Alemania). En su voraz búsqueda de productos primarios, especialmente
granos y metales, China se ha convertido en el socio más importante de
muchos países latinoamericanos, y su comercio con la región superó los
US$100.000 millones en 2007.

China ocupa un lugar especial en las relaciones con Cuba. Constituye su
segundo socio comercial (detrás de Venezuela), con un comercio bilateral
de cerca de US$2.600 millones en 2007, e importa unas 400.000 toneladas
de azúcar al año, así como cerca de la mitad de la producción de níquel
cubano (5). También ha efectuado importantes inversiones en la minería
(níquel), la exploración de petróleo en el mar, y la biotecnología. Las
relaciones políticas entre ambos países han sufrido muchos altibajos
desde 1959, pero han mejorado significativamente en la última década.
Fidel Castro realizó una visita en 2003, durante la cual expresó una
mezcla de sorpresa y desilusión por lo que consideraba la restauración
del capitalismo en China. Raúl Castro siempre ha manifestado mucho mayor
interés por las reformas chinas y se pasó allí todo el mes de noviembre
de 1997 recopilando información y estudiando las reformas en ese país.
No obstante, desde que asumió el poder, Raúl ha sido muy cauteloso y las
reformas que ha implementado son una tímida copia de lo hecho en China.
Entre los motivos de su reticencia podría estar el miedo a emprender
cambios que podrían llevarle a perder el control de la situación, al
estilo de Tiananmen (1989), pero en clave cubana. Evidentemente, China
goza de una situación geopolítica distinta y más favorable que la
cubana. No solamente está lejos de EE. UU., sino que cuenta con una
civilización y cultura propia y diferente, quizás menos susceptible a la
penetración cultural y política. A pesar de 50 años de Revolución, Cuba
nunca ha dejado de pertenecer al espacio cultural y social (y también
político) de Occidente, como bien lo reflejan los patrones cubanos de
migración y consumo. En cualquier caso, Cuba y China mantienen intensas
relaciones de comercio y colaboración en múltiples áreas, incluyendo el
desarrollo de mecanismos para controlar la Internet. Poco a poco, sin
desafiar directamente a EE. UU., principal comprador de sus
exportaciones, China ha intensificado sus vínculos con Cuba. El
presidente Jiang Zemin visitó la Isla en abril de 2001, y el presidente
Hu Jintao hizo lo mismo en noviembre de 2004 y en noviembre 2008 (6).
Durante su última visita, Jintao subrayó el carácter político e
ideológico de las relaciones al ofrecer "sinceros votos por que el
pueblo cubano consiga nuevos avances en la construcción del socialismo" (7).

Probablemente, es en Latinoamérica donde se hace más visible el reducido
aislamiento de Cuba. Hasta cierto punto, esto no debería sorprender. Por
un lado, Cuba lleva ya mucho tiempo intentando normalizar las relaciones
con sus vecinos y siempre se ha beneficiado, más allá de la llamada
izquierda progresista, de la simpatía de aquellos para quienes Cuba es
un David criollo luchando contra el Goliat del Norte. Otros sectores,
incluso gobiernos, han apoyado a Cuba, bien sea para lucir sus
credenciales nacionalistas o para ahorrarse problemas con sectores más
radicales dentro de sus propios países. Estos patrones históricos siguen
vigentes, pero no explican completamente la situación actual y la oleada
de visitas presidenciales a La Habana en el último año. ¿Qué ha
ocurrido? Hay diversas explicaciones. En primer lugar, ni la guerrilla
como estrategia para llegar al poder, ni el comunismo y la construcción
del Hombre Nuevo tienen relevancia alguna hoy. El modelo cubano ya no es
"realizable" y, desde la desintegración de la URSS, Cuba ya no
representa una amenaza para la estabilidad de los países hemisféricos.
No obstante, todavía existe el simbolismo de la Revolución, y un
peregrinaje a La Habana (con la correspondiente fotografía con Fidel
Castro) forma parte de un imaginario nostálgico. Otro factor que ha
promovido la normalización de relaciones con Cuba ha sido la expectativa
de que una nueva Administración norteamericana pronto haría lo mismo.
Ante tal eventualidad, sería preferible anticipar la acción
norteamericana que ir a remolque de ella. Por último, están los
gobiernos e inversores de varios países que, previendo posibles cambios
en la Isla, se están posicionando ante la perspectiva de que Cuba se
convierta en una plataforma de exportación a EE.UU.

Los tres grandes países de la región (Brasil, Venezuela y México) han
promovido un acercamiento con La Habana. Tanto Brasil como Venezuela
poseen fuertes ambiciones de liderazgo regional, y sus políticas hacia
Cuba se ubican dentro de ese imperativo. Para Chávez, Fidel Castro y la
Revolución Cubana son su norte, y su ambición es convertirse en el
"máximo líder" de ese proyecto revolucionario que él denomina el
Socialismo del Siglo XXI. Chávez y Venezuela le ofrecen a Cuba el marco
protector de la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA) y se han
convertido en el nuevo salvavidas de la Revolución Cubana. Venezuela es
el principal socio comercial de Cuba, suministrándole un subsidio neto
anual que algunos expertos calculan en unos US$1.000 millones (8). Cuba
recibe de Venezuela más de 90.000 barriles de crudo al día, lo cual
representó entre US$3.000-$4.000 millones en 2007 (9), y esto sólo en
petróleo y productos derivados. El gobierno cubano ha firmado más de 300
acuerdos de cooperación con bancos venezolanos para financiar proyectos
de agricultura y manufactura. El flujo comercial entre los dos países es
elevado. Aunque resulta difícil dar con las cifras reales, guardadas
celosamente, ya en 2006 Fidel Castro calculaba que estos vínculos
equivalían aproximadamente a US$7.000 millones (10), cifra que
indudablemente se ha incrementado. Cuba no posee efectivo para pagar
estas inyecciones de ayudas, inversiones y comercio, y por lo tanto
compensa la generosidad venezolana suministrando más de 30.000 médicos y
otros profesionales. Además, Cuba le proporciona entrenamiento tanto a
las fuerzas armadas como a los cuerpos de seguridad venezolanos. Cuba
también le aporta legitimidad al proyecto chavista. Altamente agradecido
a Chávez y a Venezuela por toda la ayuda prestada, el gobierno cubano
tiene que cuidarse ante esta nueva dependencia, ya que si Chávez tuviera
un serio tropiezo político, Cuba quedaría en la estacada, como sucedió
tras la desintegración de la Unión Soviética (11).

Brasil es otro país que se ha convertido en un actor político de peso en
relación a Cuba. Con la décima economía más importante del mundo (por
encima de Rusia e India) y un PIB que supera los US$1.500 trillones (más
de la mitad del PIB de toda Sudamérica), Brasil es una potencia mundial
emergente, como puede observarse en el papel que ha desempeñado en el
G-20, el G-77 y el G-8+5, y dentro de la emergente arquitectura regional
latinoamericana. Constituye uno de los pocos países de América Latina
con un proyecto de desarrollo nacional lo suficientemente fuerte, y las
elites e instituciones necesarias para ponerlo en práctica. Al afirmar
su liderazgo, Brasil se ha convertido en un claro rival de Venezuela
(12). Mientras que Chávez utiliza un discurso nacionalista contra EE.
UU. y adopta una estrategia económica basada en la exportación de
petróleo, Brasil busca su integración en el mercado internacional y la
apertura para sus productos en los mercados de los países
industrializados avanzados.

El presidente Lula realizó su primera visita a Cuba en septiembre de
2003, pero no fue hasta una segunda visita, en enero de 2008, poco
después del traspaso de poder a Raúl Castro, cuando decidió impulsar las
relaciones, declarando su deseo de que Brasil se convirtiera en el
principal socio comercial de Cuba. A lo largo del año pasado, ambos
países han firmado numerosos acuerdos. Los más importantes se centran en
la modernización de la industria azucarera cubana, el sector de la
biotecnología y la exploración de crudo en las costas cubanas. Brasil
percibe en su política hacia Cuba una oportunidad para ejercer el
liderazgo regional, mientras consolida su posición en un país que podría
eventualmente servir de plataforma para exportar a EE. UU. Brasil aboga
por el levantamiento del embargo norteamericano a Cuba y por una nueva
política estadounidense hacia Latinoamérica, pero, como demostró Lula
durante su reunión con el presidente Obama en marzo de 2009, no tiene
una postura de hostigamiento hacia EE. UU., sino que está negociando
para convertirse en uno de sus socios más importantes, especialmente en
temas energéticos. No está enteramente claro cuál es el papel al que
aspira Brasil en el contencioso cubano-norteamericano, si el de mero
facilitador o algo más ambicioso. En relación con la política brasileña
hacia Cuba, varias cosas pueden estar en juego. Un éxito en este terreno
podría favorecer un acuerdo con EE. UU. sobre temas más estratégicos e
incidir positivamente en su creciente rivalidad con Venezuela. Incluso
es posible que la política brasileña contribuya a que el gobierno cubano
disminuya sus vínculos con Venezuela.

Si bien es verdad que Venezuela ofrece a La Habana el salvavidas del
petróleo y que Chávez se presenta como el heredero ideológico natural de
Fidel Castro, la relación con Brasil brinda otras ventajas al gobierno
cubano. Entre ellas, la diversificación de sus relaciones y la
oportunidad de desarrollar vínculos con un jugador internacional más
relevante, con el peso suficiente para llevar a Cuba a "clubes" a los
que, de lo contrario, no sería invitada. Este "poder blando" brasileño
nunca fue más evidente que en diciembre de 2008, cuando el presidente
Lula da Silva presidió simultáneamente cuatro cumbres (incluyendo la
reunión del Grupo de Río) y anunció la creación de varios organismos,
entre ellos el Consejo Sudamericano de Defensa y el Consejo Sudamericano
de la Salud, y la organización de una próxima Cumbre de América Latina y
el Caribe (CALC). Ninguna de estas reuniones incluyó a EE. UU., Canadá o
a estados de la Unión Europea ni a sus representantes (13). La cumbre
del Grupo de Río marcó la ocasión para el regreso de Cuba a un organismo
hem
isférico importante y, efectivamente, puso sobre el tapete la
readmisión de Cuba en la Organización de Estados Americanos (OEA).
Aunque no queda claro si Cuba está interesada en reingresar en la OEA,
pues el costo puede ser mayor que la recompensa.

La prueba definitiva de que se ha reducido el aislamiento de Cuba ha
sido el mejoramiento de sus relaciones con México, país íntimamente
ligado a EE. UU. y cuyo presidente, Felipe Calderón, fue el primer jefe
de Estado extranjero en reunirse con el nuevo presidente Barack Obama.
Las relaciones bilaterales con Cuba tocaron fondo durante el gobierno de
su antecesor, Vicente Fox, pero han mejorado significativamente con
Calderón. Si bien Calderón no ha querido ser la excepción en el giro
rotundo de los países hemisféricos en relación con Cuba, su principal
motivación para normalizar las relaciones es controlar el flujo de la
inmigración ilegal cubana. La creciente eficacia de la Guardia Costera
norteamericana en impedir el desembarco de balseros y otros inmigrantes
en EE. UU. ha desviado la casi totalidad de este tráfico hacia México.
El notable incremento de inmigrantes ilegales cubanos se confirma por
los cerca de 11.000 detenidos en México en 2007 mientras intentaban
llegar a EE. UU. A ello se suma la vinculación de esta inmigración
ilegal con violentos cárteles de la droga y del tráfico humano.

Mientras se reduce sensiblemente el aislamiento cubano, el gobierno y el
régimen de la Isla son incapaces de resolver la profunda y permanente
crisis económica. Una crisis sistémica, ya que ni créditos ni
inversiones extranjeras han logrado resolver la atrofia productiva. Hay
quienes piensan que, de confirmarse, la presencia de grandes yacimientos
petroleros cerca de las costas cubanas resolvería de manera definitiva
la permanente vulnerabilidad económica del país. Es posible, pero
dudoso, y ahí tenemos la experiencia de muchas otras petroeconomías. El
economista Pedro Monreal ha comentado que es necesaria "una vasta y
profunda reestructuración que ponga 'patas arriba' el estado de cosas
existente" (14), pero no existen evidencias de que Raúl Castro tenga la
intención de emprender una tarea de tal envergadura. El segundo desafío
que enfrentan los gobernantes en la Isla es político. Se ha producido
una sucesión exitosa, pero, quiérase o no, se está aproximando el final
del castrismo. Es un proceso largo y tortuoso, pero no hay duda de que
cuando ambos hermanos (y la generación de la Sierra) hayan desaparecido
del escenario, difícilmente se mantendrá la situación actual y el estilo
castrista de llevar la política como una "guerra por otros medios".
Surgirá entonces un nuevo equilibrio entre los sectores en el poder y
entre las FAR y el Partido Comunista, se harán patentes discrepancias
sobre las políticas a seguir y puede que, incluso, la política se
"normalice". La integración de Cuba en América Latina y una postura
norteamericana menos hostil podrían alentar estas tendencias.

No sabemos con exactitud cuál será el ritmo y el eventual alcance de los
cambios en Cuba, pero sí que se están incubando. ¿Qué papel desempeñarán
los actores externos y, en particular, EE. UU., en este proceso?

Algo más de cien años después de su independencia formal y 50 años
después de la Revolución que se propuso romper con el pasado, la nación
cubana no ha sabido cómo implementar un modelo de desarrollo integral
que asegure el consenso nacional, en el contexto de una sociedad
inclusiva, con mecanismos que generen riqueza económica y otros que
aseguren su distribución equitativa, al mismo tiempo que se respeten los
derechos y las libertades personales. Ninguno de los regímenes políticos
que Cuba ha conocido en su historia ha sabido establecer los equilibrios
que permitan la realización de este sueño. La verdadera construcción de
un país, de una comunidad nacional integradora y no excluyente, sigue
siendo la gran asignatura pendiente de Cuba. En esa empresa los actores
externos tienen un papel más bien limitado. Su tarea, por así decirlo,
es facilitar que Cuba sea Cuba, que sean los cubanos los arquitectos de
su propio futuro. En ese sentido, el futuro y la dirección de los
cambios está y debería estar fundamentalmente en manos de los cubanos
que viven y han vivido en la Isla. Son ellos los que han vivido con
particular intensidad los últimos 50 años de historia nacional. Son
ellos los que saben lo que funciona y lo que no funciona en la Cuba de
hoy, qué se debería mantener y qué se debería cambiar. Ellos son los que
tendrán que soportar, para bien y para mal, las consecuencias de las
decisiones tomadas y de los cambios producidos. De la misma manera, será
su participación y adhesión a cualquier proceso de cambio lo que le dará
legitimidad y sustento a éste.

La aparente inmovilidad e inmutabilidad tanto del régimen cubano como de
la política norteamericana hacia la Isla contrastan con los vientos de
cambio que atraviesan el mundo. Entre estos vientos está la llegada de
la Administración de Barack Obama al poder y el impulso dado por el
nuevo presidente para revisar la política hacia Cuba. Aun cuando la
importancia del tema cubano no puede compararse con los grandes desafíos
que su gobierno enfrenta en distintas partes del mundo, las decisiones
de Obama respecto a Cuba nos darán una buena idea de cuáles son sus
prioridades. Por ejemplo, su política hacia Cuba nos dirá si la
"promoción de la democracia" sigue siendo un aspecto importante de la
política exterior norteamericana. Éste es un debate que se está dando en
la capital norteamericana. Para algunos, no es más que una nueva edición
de la eterna disputa entre "realistas" e "idealistas" dentro de la elite
norteamericana, entre las visiones de un Henry Kissinger y las de un
Woodrow Wilson. Efectivamente, algo de eso hay. Pero también está claro
que, en estos momentos de crisis y transformación internacional, hay un
elemento novedoso: las elites y la sociedad norteamericana están
debatiendo cómo adaptarse a un mundo crecientemente multipolar y cómo
defender mejor sus ideas y valores en un mundo donde el poder
norteamericano ha disminuido y el número de autocracias consolidadas y
con significativo peso internacional ha aumentado (15). El modo en que
la Administración de Obama responda al tema cubano también nos dará una
idea de cómo pretende ejercer EE. UU. su liderazgo en el hemisferio.
Asimismo, aunque Cuba no tenga la misma importancia que hace dos o tres
décadas, lo que ocurra en la Isla, tanto el tipo de gobierno que surja
en el poscastrismo como el papel que juegue EE. UU. en esa evolución,
repercutirá a nivel continental. Algo parecido ocurre con el tema de la
democracia. Al tratar el tema cubano, muchos países latinoamericanos han
olvidado la Declaración de Santiago (1991), con su imperativo de
"promover la democracia representativa como condición indispensable para
la estabilidad, la paz y el desarrollo de la regi&#24
3;n", o la Carta
Democrática Interamericana (2001), que en su Artículo 1 insiste en que
"Los pueblos de América tienen derecho a la democracia, y sus gobiernos,
la obligación de promoverla y defenderla". Esto no quiere decir que la
democracia se haya convertido en un asunto menor. El tema es cómo
promover e impulsar mejor su realización.

Durante su campaña presidencial, Barack Obama prometió levantar las
restricciones a los viajes de familiares y las remesas impuestas por la
administración de Bush. Poco después de su elección, dijo que levantaría
el embargo si el régimen cubano "comenzaba una apertura de Cuba hacia
cambios democráticos significativos" (16), y días antes de asumir el
poder, dijo que estaba "abierto" a "conversaciones" con Cuba si La
Habana también estuviera "dispuesta a desarrollar seriamente las
libertades personales" (17). En lo que claramente fue un intento de
sentar posición ante el posible inicio de conversaciones con el gobierno
cubano, la futura secretaria de Estado, Hillary Clinton, fue más
explícita. En unas declaraciones que merecen ser citadas en su
totalidad, dijo: "Nuestra política se enfoca principalmente hacia la
libertad del pueblo cubano y llevar la democracia a la isla de Cuba (…)
Esperamos que el régimen en Cuba, tanto Fidel como Raúl Castro, vean a
esta Administración como una oportunidad de variar algunas de sus
típicas actitudes. Suelten a esos presos políticos. Estén dispuestos a
abrir la economía y a levantar algunas de las restricciones opresivas
sobre el pueblo de Cuba. Y pienso que [así] verían que existe una
oportunidad que podría ser explotada" (18).

No sabemos cómo estas palabras —que combinan una reiteración de
principios pero que no reclaman un cambio de régimen e incluyen una
clara oferta de negociación— han sido interpretadas y recibidas por las
autoridades cubanas, pero es de suponer que los dos gobiernos han estado
en contacto, directamente o a través de discretos terceros, como los
gobiernos de Brasil, España, o el mismo Vaticano. Han aparecido algunas
evaluaciones: "Ha levantado esperanzas excesivas… [pero] es un hombre
honesto… [no obstante] un hombre sincero no puede cambiar los destinos
de un país", dijo Raúl Castro acerca de Obama y ofreció reunirse con él
(19). Fidel Castro también ha ofrecido sus apreciaciones, alternando
entre el sarcasmo y la conciliación (20). Cabrían dos observaciones.
Primero, que las autoridades cubanas reconocen en Barack Obama un
contrincante complicado, quizás el más difícil de los presidentes
norteamericanos con los cuales les ha tocado interactuar. En primer
lugar, está su credibilidad personal y su historial de vida. Es una cara
fresca que hizo del cambio su mantra político. Esto resuena (quizás no
en los noticieros oficiales, pero sí por vía de "radio bemba") ante una
sociedad que ha vivido asfixiada por la revolución permanente, pero
donde nunca cambia nada y los mismos de siempre están en el poder.
También resuena que Obama no es hijo de papá, del privilegio, y que el
tener un padre africano no le impidió llegar a la Casa Blanca. Tampoco
pasará inadvertido entre muchos cubanos el hecho de que en su país los
principales líderes son blancos, cuando la gran mayoría de la población
es negra o mulata. Obama también es peligroso porque representa un
cambio de actitud por parte de EE. UU. No abandona los principios, pero
sí propone diálogo. "Estamos dispuestos a tender la mano si ustedes
abren el puño", dijo cuando tomó posesión (21), lo cual es una postura
que le mueve el piso a los que prefieren ver sus posiciones reforzadas
por la confrontación.

Estamos todavía al inicio de la presidencia de Barack Obama. Sin duda,
el presidente y sus principales asesores entienden que el tema cubano,
además de ser complicado y contener aspectos tanto de política exterior
como de política interna, es altamente combustible; tanto, que no ha
habido presidente estadounidense desde 1959 que no se haya quemado con
el problema. A esta andadura histórica hay que sumarle la cautela que
parece ser característica del nuevo presidente. Refiriéndose a las
reformas económicas, pero en un comentario fácilmente extendible a la
situación del régimen, el jefe de la inteligencia norteamericana,
almirante Dennis Blair, expresó el punto de partida de la nueva
Administración: "Con casi total seguridad, Raúl Castro continuará
avanzando cautelosamente (…) con el propósito de mantener el consenso
dentro de la elite y de prevenir que las expectativas públicas se eleven
más allá de lo que él quiere o puede entregar".

En las circunstancias actuales y tomando en cuenta que los veteranos de
la Sierra todavía mandan, está bastante claro que el régimen cubano no
tiene el menor interés en avanzar por el sendero de la democracia.
Tampoco está interesado en un pleno levantamiento del embargo, ya que
esa opción posiblemente tendría elevados costes. No es casual que Fidel
Castro siempre se haya opuesto y, al final, siempre haya frustrado los
intentos de normalizar las relaciones y de levantar el embargo. Dada su
capacidad de control, la flaqueza de una disidencia que no llega a ser
oposición, el apoyo activo de una parte de la población, y el miedo de
otra parte al cambio, el poder político del régimen está intacto. Pero,
a la vez, enfrenta dos crisis de gran envergadura: la económica y la
social, relacionada con la emigración. Raúl Castro reconoce la magnitud
de la crisis económica, aunque no está dispuesto a ir muy lejos en
levantar la mano muerta del Estado y ve menos riesgos en revitalizar la
economía atrayendo capital, inversiones y créditos extranjeros. De ahí
la enorme importancia que tiene para el gobierno cubano negociar un
acuerdo con EE. UU. que levante las restricciones a los llamados
créditos blandos y absuelva a Cuba de pagar al contado por todo lo que
compra en EE. UU. La otra gran vulnerabilidad del régimen cubano se
refiere a la emigración. En 1980, con el éxodo del Mariel, y en 1994,
con el maleconazo en La Habana, el régimen sufrió profundas crisis, y de
ahí los esfuerzos del gobierno cubano por convencer al Pentágono y otros
sectores del gobierno norteamericano de que la inmigración descontrolada
es un peligro para ambos países. Este argumento no es enteramente falso,
pero una cosa es el impacto que una crisis migratoria tendría para EE.
UU., y otra, su posible impacto para Cuba y su régimen. Más allá de la
centralidad de los temas económicos y migratorios, el otro interés del
régimen cubano en cualquier negociación con EE. UU. es buscar una mayor
legitimidad internacional, ser reconocido como par por el gobierno
norteamericano o lograr que éste lo elimine de la lista de Estados que
apoyan el terrorismo. Y su único logro propagandístico sería que el
gobierno norteamericano estuviera dispuesto a intercambiar presos
políticos por los espías juzgados
y condenados en Miami en junio de
2001. Es muy dudoso que esto ocurra y, en todo caso, hay otros presos
condenados en Cuba por espionaje que podrían ser canjeados.

Visto desde el punto de vista norteamericano, la postura negociadora
constaría de varios elementos. El primero, estaría relacionado con el
espacio de las libertades políticas. Tomando en cuenta las declaraciones
del presidente Obama y de la secretaria de Estado Hillary Clinton
citadas anteriormente, podemos suponer que el establecimiento de la
democracia en la Isla sería un objetivo último. En términos más
concretos, el gobierno norteamericano seguramente planteará que el
gobierno cubano debe suspender su política de utilizar turbas
controladas por el Ministerio del Interior para atropellar disidentes y
activistas de derechos humanos, liberar a los disidentes arrestados y
encarcelados sin causa alguna en marzo de 2003, así como a las más de
200 personas identificadas por Amnistía Internacional como prisioneros
de conciencia, y eliminar las restricciones que impidieron que Oswaldo
Payá viajara al exterior para celebrar el XX Aniversario del Premio
Sajarov, que las Damas de Blanco viajaran a Estrasburgo, o que Yoani
Sánchez fuera a Madrid para recoger el Premio Ortega y Gasset de
Periodismo. Respecto a estos temas, la posible visita en 2009 del
relator de las Naciones Unidas para la Tortura, Manfred Nowak, también
dará un buen indicio de si han mejorado las condiciones de los presos en
las cárceles cubanas. Por su parte, el gobierno de Obama estará
revisando los patrones de su política de apoyo a la disidencia y a la
incipiente sociedad civil cubana. La solidaridad es una obligación,
particularmente de los que tenemos el lujo de vivir en sociedades
libres, pero también debería analizarse cuidadosamente cuáles son los
medios más eficaces para ejercer este derecho y fortalecer a la sociedad
civil. En un segundo orden estarían las propuestas para facilitar los
intercambios y la comunicación entre las dos sociedades, incluyendo la
promoción de intercambios académicos, la ampliación del espacio
informativo y del acceso a la Internet. Es muy probable que bajo este
último concepto la Administración norteamericana ponga sobre la mesa una
oferta de otorgar licencias a empresas de telecomunicaciones
norteamericanas para proveer de banda ancha a Cuba, aunque esto,
evidentemente, no resolvería el problema de los controles y la censura
que el gobierno cubano lleva ya tiempo aplicando sobre la Internet. El
tercer rubro sería el económico, y aquí la negociación se centraría en
cuáles serían las contrapartidas de levantar las restricciones a los
viajes turísticos, el tema de los créditos blandos y la ampliación del
comercio con la Isla.

En resumidas cuentas, si ha sido bastante fácil levantar las
restricciones a las remesas y los viajes, bastante más complicado será
el levantamiento del embargo. No sólo porque la Ley Helms-Burton que lo
sustenta deberá ser derogada por el Congreso norteamericano, sino porque
suavizar y, eventualmente, levantarlo, dependerá de que La Habana
responda con gestos positivos. Puede que Raúl Castro esté a altura de la
situación y que los dos gobiernos sean capaces de aprovechar la
oportunidad para cambiar el tenor de las relaciones entre ambos países.
Pero, teniendo en cuenta los desafíos que enfrenta el gobierno cubano y
lo cómodo que le resulta el embargo, La Habana puede resultar un socio
bastante más recalcitrante de lo que se supone.

(1) Un Fidel Castro recalcitrante vigiló de cerca un proceso que generó
una curiosa alianza entre inversores extranjeros y una elite empresarial
protocapitalista sacada de la estructura militar cubana.

(2) Ver mi artículo "Can Cuba Change? Tensions in the Regime", en
Journal of Democracy; enero, 2009.

(3) Un debate sobre la evolución de la política de la Unión Europea
aparece en Hare, Paul; "The Odd Couple: The EU and Cuba 1996-2008"; en
http://www.brookings.edu/papers/2008/09_cuba_hare.aspx?p=1

(4) http://www.dni.gov/nic/PDF_2025/2025_Global_Trends_Final_Report.pdf

(5) Reuters; 18 de noviembre, 2008.

(6) Hu Jintao ha visitado La Habana en tres ocasiones. La primera, en
1997, como miembro del Comité Permanente del Buró Político del Partido
Comunista Chino.

(7) Granma; La Habana, 1º de enero, 2009, p. 15. El portal del
Ministerio de Asuntos Exteriores Chino señala: "China y Cuba se ayudan y
apoyan mutuamente. China siempre ha apoyado al pueblo cubano en su
defensa de la soberanía nacional y se opone al bloqueo impuesto por EE.
UU. Cuba le ha prestado a China (…) apoyo activo en temas como los
derechos humanos, Taiwan y Tíbet".

(8) The Miami Herald; Miami, 7 de febrero, 2008.

(9) Pinon, Jorge; Cuba FACTS; n.º 34, agosto, 2007.

(10) Reuters; 21 de julio, 2008.

(11) Fidel Castro en 2007.

(12) Un debate muy útil aparece en El País; Madrid, 7 de agosto, 2008.

(13) Los presidentes de Colombia, El Salvador y Perú no asistieron. En
su lugar, enviaron a representantes de menor nivel.

(14) Monreal, Pedro; "El problema económico de Cuba"; en Espacio Laical;
La Habana, n.º 2, 2008, pp. 33-35. en
http://www.espaciolaical.net/contents/14/3335.pdf

(15) Ver Hiatt, Fred; "The Power of the Ballot"; Washington Post; 19 de
enero, 2009. Y Baker, Peter; "Quieter Approach to Spreading Democracy
Abroad"; The New York Times; 22 de febrero, 2009, para el análisis del
debate. Entre los participantes en el debate están Thomas Carothers
("Does Democracy Promotion Have a Future?"; en Journal of Democracy),
Daniel Deubney y G John Ikenberry ("The Myth of the Autocratic Revival.
Why Liberal Democracy Will Prevail"; en Foreign Affairs), y Charles
Kupchan y Adam Mount ("The Autonomy Rule"; en Democracy. A Journal of
Ideas).

(16) US News & World Report; Nueva York, 5 de diciembre, 2008.

(17) Ver su entrevista del 18 de enero, 2009, con Univisión.

(18) Para el texto ver HYPERLINK "http://obamacuba.blogspot.com"
http://obamacuba.blogspot.com (15 de febrero, 2009).

(19) Ver entrevista en Granma; La Habana, 5 de enero, 2009.

(20) Ver Granma; La Habana, 23 y 30 de enero, 2009. En la primera
reflexión, Fidel Castro habla de "el rostro inteligente y noble del
primer presidente negro de Estados Unidos". En la segunda, califica como
"un acto de soberbia y un abuso de su inmenso poder" a los comentarios
de Obama sobre los elementos que tendrá en consideración antes de
devolver la base de Guantánamo.

(21)
http://www.yahoo.com/s/ap/20090120/ap_on_go_pr_wh/inauguration_obama_text
Cuba ante un mundo cambiante – 51/52 invierno/primavera 2009 – Revista
Encuentro de la Cultura Cubana (8 December 2009)

http://www.cubaencuentro.com/revista/revista-encuentro/archivo/51-52-invierno-primavera-2009/cuba-ante-un-mundo-cambiante-190423

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