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CUARENTA Y CINCO AÑOS DE SOCIALISMO EN CUBA: EL CAMINO HACIA NINGÚN LUGAR

Por Eugenio Yáñez *
Colaboración
Miami
Florida
E.U.
La Nueva Cuba
Abril 17, 2006

En la tarde del 16 de Abril de 1961, cuando muchos de los que puedan
leer estas líneas aún no habían nacido, en La Habana se enterraban los
muertos de los ataques aéreos del día anterior contra las Bases Aéreas
de Ciudad Libertad (Columbia) y San Antonio de los Baños.

La misión de destruir en tierra los aviones de la Fuerza Aérea Cubana,
para impedirles apoyar a las fuerzas gubernamentales en el inminente
desembarco de Bahía de Cochinos-Playa Girón, tuvo una serie de
contratiempos e insuficiencias, y no logró sus objetivos iniciales. Esa
es otra historia.

En el entierro masivo que se desarrollaba en La Habana habló Fidel
Castro. Conocedor de que el desembarco era inminente por la costa sur
del país, aprovechó la abundantísima carga emocional de la población
presente y televidente para proclamar lo que ya se sabía, pero que nadie
se había atrevido a hacer público todavía:

“Eso es lo que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus narices, y
que hayamos hecho una revolución socialista en las propias narices de
los Estados Unidos”.

En un instante de tremenda carga emocional colectiva en la población
cubana, enterrando mártires de un ataque desde el exterior, y en
vísperas de una inmediata invasión, Fidel Castro desvirtuó y echó por
tierra el verdadero sentido de la lucha popular contra la dictadura
batistiana, por la democracia y el pleno restablecimiento de las
libertades individuales, y la convirtió en un proceso de orientación
comunista.

Ni los propios militantes comunistas del antiguo Partido Socialista
Popular (PSP), cuando en los últimos momentos se incorporaron a
regañadientes a las fuerzas que se enfrentaban a la dictadura, pensaban
que se trataba de un movimiento comunista, y en sus esquemáticos
enfoques marxista-estalinistas la catalogaban como revolución
“democrático-burguesa”.

Ni los combatientes del Ejército Rebelde, ni los movimientos
clandestinos del 26 de Julio, ni el Directorio Revolucionario 13 de
Marzo, ni el Segundo Frente Nacional del Escambray, ni ninguna de las
demás organizaciones que se enfrentaron a la dictadura, en su inmensa
mayoría, suscribían un enfoque socialista de la lucha armada
anti-batistiana.

La militancia juvenil de Raúl Castro, las veleidades teóricas más
trotskistas que leninistas de Ernesto Che Guevara, la incorporación de
Carlos Rafael Rodríguez a última hora a la comandancia en la Sierra
Maestra, el grupito armado de Félix Torres en el norte de Las Villas o
el dudoso y desganado apoyo del PSP a fines de 1958, no constituían la
base conceptual, teórica ni ideológica de un movimiento popular masivo
que pretendía básicamente restablecer la Constitución de 1940 y enrumbar
nuevamente el país por los senderos democráticos tronchados con el golpe
de estado de 1952.

La orientación comunista de la Revolución desde los primeros momentos de
arribar Fidel Castro al poder se desarrolló de forma sutil y no pública:
contactos secretos con el Partido Socialista Popular, que a su vez
tramitó con Moscú los primeros acercamientos.

La Unión Soviética, superpotencia emergente jugando el juego global en
la guerra fría, utilizó dobles canales, vía gobierno con el trámite del
PSP, y vía KGB a través de Raúl Castro, para comenzar el proceso de
penetración de las altas esferas del gobierno cubano: le estaban
ofreciendo de regalo un portaviones a 90 millas de Estados Unidos.

El primero de Enero de 1959, Moscú comentó públicamente que Fulgencio
Batista era “un dictador apoyado por Estados Unidos” que había sido
derrocado por un movimiento popular. Ni los jerarcas del Politburó ni de
la KGB consideraban el movimiento popular anti-batistiano como un
proceso comunista ni con posibilidades de convertirse en eso cuando la
dictadura fue derribada. Esta también es otra historia, no absolutamente
conocida ni publicada, pero que escapa de los propósitos de este comentario.

Cuando Castro proclama el carácter socialista de la Revolución frente a
la enorme masa congregada en la entrada del Cementerio de Colón, horas
antes de la invasión y en un hervidero apasionado de pueblo, sabe que
nadie podrá discrepar de su declaración, pues no es momento ni lugar
para ello.

Los presentes gritaron su aprobación, quien sabe cuantos de ellos sin
saber exactamente lo que ese enunciado significaba o lo que sobrevendría
en los próximos meses y años. No quedaba tiempo ni para reflexionar ni
para discrepar. Solo gritar y aprobar. “El ataque de ayer fue el
preludio de la invasión”, declaró Castro al pueblo enardecido. Y luego
ordenó: “marchemos a nuestros respectivos batallones y allí esperen
órdenes, compañeros”.

En la madrugada comenzó la invasión, lo que diluyó la diseminación del
discurso de la tarde anterior. El final se conoce, sobrevino menos de
setenta y dos horas después. El Presidente John F Kennedy, ya comenzado
el desembarco, decidió abortar la misión y no permitir el planificado
poderoso apoyo aeronaval de las fuerzas de Estados Unidos, dejando a los
invasores en franca desproporción de fuerzas.

Lo que hubiera sucedido en caso contrario lleva a la especulación y las
declaraciones de intenciones y probabilidades, pero no cambia los
resultados.

Fidel Castro aprovechó a la perfección la situación, y proclamó los
resultados como “la primera derrota militar del imperialismo en
América”. Y declaró que todos los cubanos revolucionarios fueron al
combate “por el socialismo, por la revolución socialista”, según había
proclamado la víspera del desembarco.

Maquillajes posteriores, con los años, eliminaron lo de “militar” en el
slogan, siendo entonces “la primera derrota del imperialismo en
América”. Posteriores retoques lo han llevado a “la primera derrota del
imperialismo”.

Y el birlibirloque de la historia castrista nos cuenta que, luchando por
el socialismo, los cubanos propinaron al imperialismo su primera derrota
en las arenas de Playa Girón.

Los cubanos nacidos con posterioridad al primero de enero de 1959 son al
menos ocho millones en el país, calculando conservadoramente, y muy
probablemente más de un millón en el destierro. Con todos los medios de
difusión y la prensa en Cuba férreamente controlados por el régimen, y
las esuelas “educando” a la juventud en las “tradiciones heroicas de
nuestro pueblo”, esa versión estatal se repite ad nauseum, y alcanza
categoría de axioma oficial: todo lo que estorbe se elimina.

Fidel Castro demoró siete meses y medio después del bautizo comunista
del régimen para proclamar: “he sido marxista-leninista y lo seré
siempre”. No era cierto, pues ni lo era ni lo fue nunca, pero eso
complementaba la proclamación del socialismo y la absorción de las
organizaciones de la lucha anti-batistiana en una cofradía llamada
“Organizaciones Revolucionarias Integradas” (ORI).

La nueva organización inmediatamente cayó bajo el control de los
militantes comunistas: los seis secretarios generales provinciales del
antiguo PSP ocuparon la secretaria general provincial de las ORI,
mientras valerosos luchadores frente a la dictadura fueron ignorados,
desplazados o simplemente eliminados.

La historia se modificó: la lucha frente a la dictadura no era más que
la continuación del heroico proceso iniciado a sangre y fuego por los
heroicos militantes comunistas desde mucho antes: los cubanos que
enfrentaron la dictadura, la persecución, los combates en la guerrilla,
las torturas y la muerte, no eran nada comparados con los padres
fundadores del socialismo, según una fábula histórica que todavía hoy el
gobierno ha cuidado muy celosamente de que no se analice, investigue o
conozca.

Simultáneamente, todos los opositores, discrepantes u antagonistas caen
en una sola y la misma categoría: mercenarios, asalariados del imperio,
grupúsculos, traidores, vende-patrias, terroristas, “mafia de Miami”,
gusanos. Para el régimen es imposible ser decente y pensar diferente.

Cuarenta y cinco años después de la aventura, ¿Cuál es el resultado?

Castro preguntaba al pueblo enardecido el 16 de abril de 1961: ¿Es
democrática una Revolución en que los humildes tienen las armas? Pero
posteriormente se encargó de poner a buen recaudo esas armas, y quienes
hoy las controlan y guardan celosamente no son precisamente “los
humildes”, sino los altos oficiales de las fuerzas armadas y el
Ministerio del Interior.

Un balance completo de estos cuarenta y cinco años de dictadura
unipersonal en el manicomio socialista bajo la perenne dirección del
Comandante en Jefe no cabe en pocas cuartillas.

Vayan solo unas pequeñas notas sobre los “logros del socialismo” que el
régimen no menciona:

n La zafra azucarera ha descendido a los niveles de hace un siglo, 1906.

n Más de dos millones de cubanos viven fuera de su patria. O Cuba tenía
la mayor proporción de millonarios y explotadores de todo el mundo, o
son los “humildes” quienes componen la mayoría abrumadora del destierro.

n Cuba es el país del continente con las mayores proporciones per cápita
de presos, fusilados, suicidios y divorcios.

n Los partidos políticos y las libertades de asociación, expresión,
información y agrupación no existen. Hasta la Internet está prohibida en
pleno siglo XXI.

n Mientras las relaciones con Estados Unidos y naciones democráticas
desarrolladas se mueven entre lo malo y lo peor, son más que magníficas
con dictadores de naciones como Corea del Norte, Irán, China, Angola,
Venezuela y Zimbabwe, y lo fueron con genocidas como Saddam Hussein,
Mengistu, Caesescu y Milosevic.

n Mientras los humildes perciben salarios de miseria y sus condiciones
de vida se deterioran por momentos, los privilegiados de la nomenclatura
amasan millones en el extranjero y se hartan de privilegios en Cuba.

n Mientras los cubanos son perseguidos y encarcelados por pretender
producir y comerciar por cuenta propia para simplemente poder
sobrevivir, inversionistas extranjeros reciben facilidades, tratamiento
especial y privilegios de “apartheid” en el país.

Sería una lista interminable, agotadora. No es necesario continuar. El
régimen achaca todas las culpas del fracaso y los problemas al “criminal
bloqueo imperialista”. Sus amanuenses lo repiten, y cuanto oportunista,
ignorante político o miserable hay en el mundo se hace eco. Si ladran
es, simplemente, porque no pueden cabalgar.

El marxismo definía al socialismo como el futuro de la humanidad. El
tirano, durante casi medio siglo, nos ha mostrado cual es ese futuro.

Podemos preguntarle a Fidel Castro, utilizando sus propias palabras,
cuarenta y cinco años después, antes estas realidades imposibles de
ocultar, y el fracaso absoluto, total e irreversible de su nefasto
régimen socialista que nadie necesitaba ni pedía:

¿Esta es la revolución socialista de los humildes, con los humildes, y
para los humildes?

* Eugenio Yáñez es analista, economista y un especialista en la realidad
cubana. Ha publicado varios libros y junto a Juan Benemelis es autor de
“Secreto de Estado. Las primeras doce horas tras la muerte de Fidel
Castro” (Benya Publishers, Miami, mayo de 2005).

http://www.lanuevacuba.com/archivo/eugenio-yanez-26.htm

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